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En el asfalto gastado de la zona sur, el silencio tiene un sonido particular. Es el sonido de los motores que ya no arrancan. Para Pablo, delegado de la Línea 148 y trabajador con 37 años de antigüedad, el cierre de “El Nuevo Halcón” no es solo una estadística de la crisis económica o un ajuste de subsidios; es el desmoronamiento de una vida entera que ahora choca contra la pared de las políticas de desregulación del gobierno de Javier Milei.

Pablo entró a la empresa en 1989. Pasó por todas las funciones, desde el volante hasta ser delegado. “En el bondi se escribe una historia nueva cada día”, dice con una nostalgia que arrastra el cansancio de quien ha visto a un país subir y bajar por la puerta delantera de su colectivo. Sin embargo, hoy la historia parece haberse detenido en seco.

La crisis como herida personal

El colapso de la 148, una arteria vital que une el conurbano profundo con la Capital, es el síntoma más visible de un modelo que ha decidido soltarle la mano al transporte público. El recorte drástico de transferencias estatales y la escalada de costos han dejado a 500 familias en un limbo que Pablo conoce de cerca.

Mientras la empresa bajaba sus persianas, la vida personal de Pablo también sufría sus propios sismos. Separado recientemente, viviendo solo y refugiándose en los fines de semana con sus cuatro hijos, el sindicato se convirtió en su última trinchera. “El sueño era avanzar, formar cuadros, que el proyecto de bancar al trabajador se mantuviera más allá de las personas”, explica. Pero hoy, ese proyecto se enfrenta no solo a la patronal, sino a un clima nacional que parece criminalizar la organización colectiva.

Un gremio en la encrucijada

La crítica de Pablo no se queda solo en el despacho presidencial de la Casa Rosada. También apunta hacia adentro, hacia una estructura sindical que siente distante. Con la mirada puesta en la conducción de Roberto Fernández en la UTA, el delegado reclama una reacción a la altura de las circunstancias.

“Si nos están por meter una reforma que repercute en los derechos de todos, tendríamos que estar todos en Plaza de Mayo. Una movida federal, de todas las provincias”, reclama Pablo.

Para él, el cierre de la 148 es el resultado de una “tormenta perfecta”: un gobierno nacional que, según sus palabras, “no quiere la participación de los trabajadores” y una dirigencia gremial que ha perdido la capacidad de convocatoria. 

“Cuando hay una reunión, somos poquitos”, lamenta, describiendo un gremio que se ha cerrado sobre sí mismo mientras el sector se desintegra.

El futuro que no llega

El panorama en Quilmes y Varela es desolador. Con las unidades de El Nuevo Halcón juntando polvo y los trabajadores sin cobrar meses de sueldo, la incertidumbre es la única pasajera frecuente.

Pablo, a pesar de estar “agotado o pasado” por la situación, intenta mantener la guardia alta. Su meta personal sigue siendo la misma: que quien venga después sostenga la bandera de estar “24/7 a disposición de los compañeros”. Sin embargo, en la Argentina de 2026, donde el derecho al transporte y al trabajo digno parece haberse convertido en un lujo prescindible, el sueño de Pablo se parece cada vez más a un acto de resistencia solitaria en una terminal vacía.