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Con pasos sólidos una familia de tradición forjadora encontró en la gastronomía una nueva oportunidad. Lo que comenzó durante el aislamiento con una receta casera hoy se transformó en una fábrica en Ezpeleta Este que produce hasta 5.000 alfajores por día.

“Mi nombre es Cynthia Acosta, soy la mujer de Maximiliano De Siato, creador del alfajor”. Así comienza el relato de una historia familiar de Quilmes que nació de manera inesperada y que, con trabajo y perseverancia, logró transformar una antigua tradición vinculada a la fabricación de herramientas en un nuevo proyecto gastronómico.

La familia De Siato se dedica desde hace generaciones a la fabricación de herramientas para la construcción, un oficio heredado de sus antepasados italianos. Sin embargo, la pandemia abrió un escenario inesperado: el tiempo en casa y las ganas de crear llevaron a Maximiliano y a su hija Josefina a experimentar con la elaboración de alfajores.

“Nuestra familia se dedica actualmente a la fabricación de herramientas para la construcción, forjado. Un oficio que viene de generación en generación desde Italia. En pandemia, entre tanto encierro y más posibilidades de crear, Maximiliano junto a nuestra hija Josefina se pusieron a hacer un alfajor luego de ver tantos videos de YouTube y de canales de gastronomía”, cuenta Cynthia.

El primer intento fue casi un experimento familiar. “Se probó un día, salió y era muy rico pero quedó ahí porque no nos decidimos a más”, recuerda.

Tiempo después, la situación económica del tradicional rubro familiar llevó a pensar en nuevas alternativas. “Luego, notando que el rubro de herramientas para la construcción cada vez estaba en decadencia, pensábamos en reinventarnos… pero no sabíamos en qué”, explica la entrevistada.

Fue entonces cuando Cynthia tomó la iniciativa para impulsar aquella idea que había quedado en pausa. “Insistí un poco yo, tratando de convencer en qué sería bueno. Comenzamos en junio de 2024 a ocuparnos de qué necesitábamos. Y en julio de 2024, para la Semana de la Dulzura, se lo ofrecimos a grupos cercanos y conocidos, fue un éxito”.

Lo que había empezado como una producción pequeña rápidamente comenzó a crecer. Los primeros alfajores se elaboraban en la propia casa familiar, mientras todos continuaban con sus trabajos habituales. “Así fue. Desde casa, en el quincho produciendo y en la cocina armando una especie de zona de embalaje, de 21 a 2 de la mañana se fue haciendo, mientras durante el día nuestros trabajos seguían en funcionamiento en paralelo a las entregas”, relata Cynthia.

A medida que aumentaban los pedidos, más integrantes de la familia se sumaron al proyecto. “Se comenzó a sumar mi cuñado Ariel y su hija Luana”, cuenta.

La demanda continuó creciendo y el emprendimiento comenzó a hacerse conocido entre vecinos, clientes y conocidos. “Empezó a notarse más demanda y nuestro nombre en boca de algunos y, bueno, en ese momento un amigo de la familia se nos une al proyecto. Una familia más, que fue el tercer pilar de este sueño”.

El crecimiento llevó a dar un paso fundamental: dejar atrás la producción doméstica y establecer un espacio propio. “Desde entonces hoy contamos con una fábrica en Ezpeleta Este”, destaca Cynthia.

Las cifras reflejan la magnitud que alcanzó aquel proyecto que comenzó con una producción limitada. “Cuando hacíamos casi 100 por día, hoy hacemos 2.000 por día, hasta 5.000”, señala.

Entre las distintas variedades, hay una que se convirtió en la insignia de la marca. “El fuerte De Siato es el alfajor negro”, afirma.

Pero el crecimiento del alfajor no quedó limitado a la familia. La comunidad también comenzó a apropiarse del producto, al punto de incorporarlo a un rubro que, a simple vista, poco tiene que ver con la gastronomía.

“La comunidad reaccionó muy bien. Mucha gente nos pregunta por qué un alfajor. Imaginate que le llevamos las herramientas a nuestros clientes y al pedido le suman alfajores. Porque hicieron parte al alfajor a su rubro, a su ferretería. Piden corta hierro, palancas, hachas y alfajores”, cuenta entre risas Cynthia.

“Una locura”, resume.

El emprendimiento nació como una alternativa frente a un momento difícil para la actividad familiar, pero terminó convirtiéndose en una nueva identidad para los De Siato. Hoy, mientras la fábrica de herramientas atraviesa dificultades, la familia quilmeña apuesta a que el alfajor gane cada vez más espacio y reconocimiento.

“Pero bueno, la fábrica de herramientas está pasando muy mal momento. Y la idea es visibilizar nuestro alfajor, ser reconocidos y elegidos por la comunidad”, concluye Cynthia.

Lo que empezó con una receta durante la pandemia, continuó con una prueba para la Semana de la Dulzura y creció entre noches de trabajo en el quincho familiar, hoy se convirtió en una fábrica capaz de producir miles de alfajores quilmeños por día. Una historia de reinvención en la que una tradición de generaciones encontró un nuevo camino en el mundo de la gastronomía.