A tres décadas de su formación en Quilmes, la banda reafirma su identidad: la autogestión como bandera y la música como un espacio donde todavía se devuelven las billeteras perdidas.

En el Conurbano de mediados de los 90, mientras el neoliberalismo se consolidaba, un grupo de chicos en Quilmes empezó a gestar algo distinto. No era solo música; era una respuesta colectiva. Hoy, con 30 años de trayectoria, Eterna Inocencia demuestra que su propuesta sigue siendo un faro de esperanza en tiempos de oscuridad.

El origen: De la escuela a la Villa Nueva Argentina

Todo comenzó en el último año de la secundaria. Guillermo Mármol, voz de la banda, recuerda que el proyecto nació de una “amistad extramuros”. Con el guitarrista histórico —que no era su compañero de banco, sino un amigo de amigos— y un bajista de Burzaco que trabajaba en el barrio Don Orione, empezaron a delinear lo que sería su identidad.

Esa identidad no se nutrió solo de discos, sino de compromiso social. “Visitábamos hogares de niños. Yo trabajaba en la Villa Nueva Argentina, en Quilmes, en una casa que dependía de la 17, haciendo recreación y apoyo escolar”, recuerda Guille. Fue en ese cruce entre el skate, el trabajo barrial y el descubrimiento de bandas para minorías donde nació el nombre: Inocencia.

“Queríamos un mensaje positivo. No poner la piedra para romper el vidrio, sino darle un toque de dulzura. Era ‘hardcore positivo’, para distinguirnos de la idea de estar tomando cerveza y rompiendo todo”.

El “Hazlo tú mismo”: Un estudio propio y el fin del jefe

Mucho antes que los algoritmos decidieran qué debemos escuchar, esta comunidad construyó su propia infraestructura. El Do It Yourself (DIY) fue su brújula. Hoy, esa semilla dio frutos concretos: la banda graba sus propios discos en su estudio de grabación y gestiona cada paso de su carrera.

“Conservamos la idea de sacar nuestros propios discos. Se puede si nos juntamos, si vamos atrás de un objetivo común que no incluya pisarle la cabeza al de al lado”, afirma Mármol. Esa ética les permitió no solo sobrevivir tres décadas, sino expandirse: desde Quilmes hasta Suiza, Francia, España y, próximamente, México y Costa Rica por primera vez.

Un refugio frente al destrato

En un contexto sociopolítico que Guillermo define como la “antítesis” de lo que el hardcore punk plantea —marcado por el individualismo y el destrato—, los recitales de Eterna Inocencia funcionan como un “micromundo” de resistencia.

“Me preocuparía más si tocáramos en un bar para 50 personas. Pero hoy tocamos en el Konex y viene un montón de gente con la que hay que dialogar”, reflexiona.

Ese diálogo se traduce en gestos mínimos pero potentes. Mientras en muchos recitales de rock el robo de celulares es moneda corriente, en los shows de Eterna sucede lo extraordinario: las billeteras y los teléfonos se devuelven. Es un espacio donde conviven el fabricante de pastas, el encargado del edificio y el chico que cuida la cuadra, todos invitados por una banda que no olvida sus raíces.

El futuro: Sembrar en la oscuridad

Tras 30 años, el entrevistado siente que el tiempo no ha pasado, o que apenas va por la mitad. “Si hoy me decís ‘no tocás más’, te doy la mano y te digo perfecto: ya viajé por todos lados, compartí escenario con mis ídolos de la infancia y validé mi camino”.

Sin embargo, no deja de tocar. Al contrario, ve en el panorama actual una oportunidad: “Cuando está tan oscuro el panorama, están dadas las condiciones para sembrar. El arte tiene que insistir con que hay otra manera de hacer las cosas”. Eterna Inocencia sigue ahí, establecida como un refugio donde nadie es juzgado por cómo viste o qué opina, siempre que el respeto sea la base. Una banda que, al soñar fuerte, terminó construyendo su propia realidad.