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El 25 de mayo siempre ha sido una fecha propensa a los discursos de barricada y a las postales estáticas de escarapelas y desfiles. Sin embargo, en el actual contexto de la Argentina de Javier Milei, la verdadera conmemoración de la fecha patria se trasladó por completo a las calles del conurbano bonaerense. En el municipio de Quilmes, el olor a locro que inundó las esquinas este fin de semana no fue el reflejo de una celebración folclórica, sino el síntoma de un brutal desastre económico que obliga a la comunidad a activar mecanismos de emergencia para garantizar la subsistencia.

La crisis actual, caracterizada por un ajuste feroz, la licuación de los ingresos y la caída libre del empleo, transformó la preparación del plato tradicional en una doble herramienta de resistencia. Por un lado, se consolidó la trinchera netamente solidaria y gratuita. Ante la decisión del Ministerio de Capital Humano de la Nación de congelar el envío de fondos y alimentos secos a los comedores, la respuesta en el territorio fue masiva y diversa. La red de Puntos Solidarios, impulsada y articulada por el Municipio de Quilmes, desplegó ollas comunitarias en distintos sectores del mapa local; en paralelo, las sociedades de fomento, los clubes de barrio y las instituciones intermedias del distrito activaron sus propias sedes para cocinar y asistir a la comunidad. Sostener estos espacios, coordinar la logística y prender el fuego a leña para ofrecer porciones sin costo a los vecinos ya no es un acto de caridad; es una red de contención que asume la responsabilidad que el Gobierno nacional abandonó, impidiendo que el tejido social termine de quebrarse.

Por otro lado, la supervivencia adoptó una faceta de refugio comercial autogestivo. En las veredas de los distintos barrios quilmeños, la proliferación de puestos familiares de venta de locro a bajo costo expuso la realidad del cuentapropismo de subsistencia. Para cientos de hogares, cocinar en la fecha patria se convirtió en la única alternativa disponible para rebuscar el mango diario y amortiguar el impacto de la recesión. El espacio público se transformó, de este modo, en un mercado de necesidad donde el autoempleo es la última línea de defensa frente a la pobreza estructural.

Ambas dinámicas, la comunitaria gratuita y la comercial de emergencia, demuestran que el individualismo promovido desde las esferas oficiales choca de frente con la identidad del conurbano. Prender una olla popular en un Punto Solidario, levantar un fuego en un club de barrio o armar un puesto en la vereda posee hoy un doble valor. Resuelve el plato de comida inmediato, pero fundamentalmente construye comunidad allí donde el Estado nacional se retira. En tiempos donde llegar a fin de mes es una utopía para las mayorías, la resistencia silenciosa de los barrios quilmeños demuestra que hacer patria es, ante todo, sostener la dignidad del vecino.