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El título no es un bait. Efectivamente, una mujer Senadora de la República Argentina no puede ejercer su representación y acá hay dos dimensiones que entran en juego:
la participación política de las mujeres, y el carácter federal del Honorable Senado de la Argentina.

Ante lo que muchos preguntan, ¿por qué la Senadora no vino antes a instalarse a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires si las sesiones son “acá”? (las comillas responden a que el acá es relativo, no todo pasa en la CABA), la respuesta es fácil: es una Senadora por la Provincia de Mendoza. ¿Cómo habría de legislar en favor de los intereses de su comunidad estando a más de 1.000 kilómetros de distancia?

Y para respuestas menos idílicas, ya que quizás para algunos pueda ser lo de menos estar con los pies en el barrio, hay otra que es de carácter constitucional: la concepción del Senado como órgano de representación territorial, según la reforma de 1994. Claro está que esa representación no puede estar ligada a la cercanía geográfica con el edificio, puesto que en caso, no existiría tal representación federal.

Respecto de la participación política de las mujeres, hay un mundo para decir. Primero, que Fernandez Sagasti está siendo hostigada públicamente porque es una mujer dando explicaciones. Algo poco frecuente en tantísimos varones que aún elegidos en nombre del peronismo, estuvieron ausentes o incluso votaron en contra de los intereses del propio pueblo que los eligió para ocupar sus bancas. En ninguno de esos casos oímos siquiera una tentativa de explicación.

Segundo, el Senado dispone de las herramientas normativas, tecnológicas e institucionales para que la legisladora pueda ejercer su función de forma remota o virtual. O sea, para simplificar, está todo dado para que pueda escuchar, hablar y votar por Google Meet, o Zoom, o alguna otra tecnología más sofisticada pero para que nos entendamos: se puede.

Por supuesto hay más argumentos, y este es el más ridículamente obvio de todas: si fuera varón no existiría tal problema. Porque ni en los sueños más progresistas sería este un problema de las masculinidades.

Y aún después de todo, nos dicen que la baja en la tasa de la natalidad y todos los problemas del mundo son culpa nuestra. ¿Más cuál es la apertura que está teniendo este presente cruel y enrarecido con las mujeres y las infancias, no?

No es para ponernos tan académicas ni pretenciosas, pero vale citar a Jean Ealshtain (una filósofa política e intelectual) que decía, hace más de 40 años, que “el ideal de Platón quizás hubiera sido una especie de partenogénesis donde las élites masculinas pudieran parirse a sí mismas tanto metafóricamente como realmente”. Esto lo traía otra pensadora feminista, Carol Pateman, cuando trataba de entender el nacimiento de la sociedad moderna a partir del contrato social. Pateman ubicaba en este contrato la consolidación del patriarcado, porque si “sólo los seres masculinos están dotados de los atributos y capacidades necesarias para realizar un contrato (…), [entonces] sólo de los varones cabe decir que son individuos”. Antes, sólo los varones tenían identidad civil y por ende, derechos (a estudiar, a votar, a ser dueños de un patrimonio). Ahora, con este precedente y si nos ponemos pragmáticas, sólo ellos podrían ser parte de un cuerpo legislativo porque nunca cargarán con las vicisitudes de una gestación.

Aunque en realidad y en primerísimo lugar, el embarazo actúa como chivo expiatorio para cercenar los derechos políticos de una mujer. Nosotras no deberíamos tener que elegir entre nuestro deseo de ser madres y nuestra vocación política. Y los varones -muchos de ellos, hasta compañeros- no deberían confundirse tampoco, no existe tal partogénesis. Todos estamos relacionados el uno con la otra y viceversa, todos somos parte de esta sociedad, y de esta Argentina, y de este Senado, y de todo. Todos nos necesitamos solidaria y sororamente.

Para ir finalizando, tampoco hacen a lugar los argumentos que dicen que hay mujeres embarazadas que trabajan en peores condiciones, más sufrientes, con menos derechos, menos licencias y más dolores. Eso no es poner en valor la enorme tarea de la gestación humana, es promover la fragmentación entre nosotras, las mujeres. Algo en lo que el patriarcado es experto.

Así que nos toca cerrar filas, queridas compañeras, y pelear por todos los privilegios para todas las gestantes y las infancias de este bendito país.

Una vez más, y como dice Rita Segato, “el Estado muestra su ADN masculino”, incluso aunque sus puestos fueran ocupados por mujeres, como lo es la actual Presidencia del Senado. Es que toda nuestra sociedad y por ende, nuestras instituciones, están cimentadas sobre un andamiaje patriarcal, en donde el poder se disputa en forma permanente entre varones. Y ahí es que difícilmente nos permitan que seamos los cuerpos y las mentes femeninas y feminizadas las que le impregnemos una lógica distinta, una lógica de igualdad y reconocimiento pleno de los derechos humanos de todas las identidades hasta dotarlas de ciudadanía plena. Por eso y más que nunca, es necesario “domesticar la política (…), humanizarla en clave doméstica, de una domesticidad repolitizada”.